lunes, mayo 04, 2009

Algunos apuntes sobre 'The English Patient'

*‘She stands up in the garden where she has been workin and looks into the distance.’ Con estas palabras, el narrador da inicio a la historia de El paciente inglés. Una sentencia que nos conduce a un lugar misterioso, a un ambiente tan extraño como el de las aguas de un mar de corales. ¿Quién es ella? ¿De qué jardín se habla? ¿Qué ve a la distancia? ¿Es una epifanía? ‘She has sensed a shift in the weather. There is another gust of wind, a buckle of noise in the air, and the tall cypresses sway’, se dice. La escena bien podría transcurrir en el Edén mítico de los judíos y musulmanes, aunque muy pronto el narrador da indicios de que no es así. Pero las sugerencias al respecto no acaban: ‘ella’ pasa a otra estancia ‘which is another garden’, donde hay un hombre echado sobre una cama y con el cuerpo expuesto a la brisa. ‘Exposed to the breeze’: desnudo, se deja acariciar por el viento suave. Juntos, sensualidad y misterio; el verbo nos impone con delicadeza, imperceptiblemente, el punto de vista subjetivo del narrador.

‘She stands up in the garden where she has been workin and looks into the distance.’ ¿No podría pasar también por una alegoría de la memoria? De esta manera, la lectura tiene otras connotaciones. La memoria como tema y, a la vez, ‘físicamente’ erguida desde el inicio de la novela. La memoria como un orden que se opone al desierto sin puntos de referencia. La memoria como jardín.

¿Y qué es el jardín? Un emblema femenino de los siglos xvi y xvii; forma y ordenación, niveles y orientación; un lugar donde se cultiva vida.

*Lo ancestral viene de la mano con una hermosa imagen: la del vendedor de ungüentos. Curandero trashumante, aquel hombre cargaba ‘hundreds of small bottles on different lengths of string and wire. Moving as if part of glass curtain, his body enveloped within that sphere’. Y de esta forma se parecía a los dibujos de arcángeles que el ‘paciente inglés’ hacía cuando chico —por lo demás, unas figuras recurrentes a lo largo de la historia.

Solitario, poseedor de secretos medicinales heredados de numerosas generaciones de fantasmas, este vendedor de ungüentos navega en el desierto, que para el Corán es un lecho rodeado de inamovibles estacas, sin extraviarse nunca. ¿Qué función cumple este personaje? Pienso: en la alquimia, y en las iconografías del cuarto milenio antes de Cristo, el ángel simboliza la sublimación. Pienso: ‘within that sphere’, ¿y ésta no es una referencia a la alegoría presocrática del mundo? ¿No involucra al gigante esférico de Platón, aquel andrógino que se vio escindido por el rayo carmelita de Zeus? ¿Y qué de las parejas de amantes que se alojan en las esferas transparentes de El jardín de las delicias, de El Bosco?

Acaso este personaje nos devuelva la sensación inquietante de estos mundos primitivos. No lo sé.

*Hana es un precioso personaje. En ella subyace un magma de emociones y pasiones que sólo podemos entrever, nunca descubrir por completo. Quizá es el recipiente del mundo contado en la novela: siempre voluntarioso, pertinaz contra el anquilosamiento de los hechos, el cuerpo como un sitio de resistencia. Sin embargo, otros personajes no son menos esenciales. Caravaggio, por ejemplo. Ladrón, mundano, espía: en el arte su nombre tiene resonancias de leyenda y esto reverbera en la historia que sobre él nos va contando el narrador. Además, su actividad de espía es muy curiosa: a la vez linda con la muerte y con la farsa y de aquí podría inferirse una relación con el ángelus de los carnavales. Noto que los personajes de la novela se dirigen hacia delante o se mantienen como resignados darviches de sus memorias, girando alrededor de posos de recuerdos; pero Caravaggio es el único que está de regreso, y si emplaza al pasado es para blandirlo contra el presente y el porvenir.

Imagino ésto: Caravaggio desnudo, avanzando por el corredor en busca de la habitación de aquella mujer que le tomó la fotografía que lo puede condenar al paredón, fingiéndose borracho, ‘watched with quiet suspicion and scornfully by the two bookended sentries, the ass-and-cock walk, pausing at a section of mural to peer at a painted donkey in a grove’. Entonces, intentio lectoris: ¿que sucede si ese borrico pintado en el muro es también el animal que relató siglos atrás Apuleyo? (Así como el algoritmo ‘mujer’ + ‘jardín’ puede ser igual a ‘Eva en el Paraíso’, el fresco de un huerto o un bosquecillo con un borrico en medio bien puede ser un tropo que nos quiere remitir a El asno de oro —en este punto, ya se hace evidente que: ‘César leyendo The English Patient’ siempre implica una suma de burradas, no una resta; una imposición, no una exposición; etcétera.) ¿No entraríamos de lleno a un juego de espejos, a una más explícita intertextualidad que nos obligaría a releer los diversos pasajes de la novela con más cuidado y deleite? En otras palabras, si el mural refleja de cierto modo a Caravaggio, entonces podríamos traer a colación, lícitamente, al menos un par de elementos de la obra de Apuleyo: en primer lugar, la historia de Eros y Psique (él, dios alado como un ángel, está envuelto en sombras, sin rostro visible, y pide que así lo atienda y ame ella —pensemos en los caracteres de Almásy y Hana y en el extraño vínculo que los une) y, en seguida, el misterio del culto a Isis y Osiris (ella, diosa fecundadora de la naturaleza; él, dios mutilado, símbolo de la fertilidad y la resurrección). ¿Sería un exceso? Probablemente. (No estoy seguro.)

Por otra parte, Hana nos recuerda a ciertas mujeres de los antiguos romances de caballería. Por ejemplo, se parece a la sufrida muchacha que Perceval descubre cuidando al último de la estirpe de los protectores del Santo Grial, el Rey Pescador, ya incapaz de valerse por sí mismo. (El desierto como un gran mar: diversos pasajes de la novela refrendan este significado.)

Como toda buena novela, The English Patient es una armónica integración de muy diversos textos. En sus páginas, sea de manera explícita o impícita, textos de Herodoto, Apuleyo, de los libros de caballerías, de Shakespeare, Milton, Stendhal, Tolstói o Kipling dialogan entre sí…

*El epígrafe de In the Skin of A Lion dice: ‘Never again will a single story be told as if it were the only one’ (John Berger). Éste es un principio al cual se adhiere el narrador de The English Patient y, en consecuencia, procura el trastorno de las secuencias lineales de la novela —por ejemplo, utilizando collages, analepsis y dosificando los relatos en cajas chinas—, teniendo siempre cuidado de que los plots de la ficción desafíen abiertamente el concepto de unidad estable de la trama. Incluso el empleo de paráfrasis o citas de la Historia de Herodoto desempeñan un papel subversivo: ponen en tela de juicio la objetividad de lo que aceptamos como verdadero.

La instauración de tal estructura no lineal, decantada con poesía y con una vertiente de citas fuera de sus contextos primigenios, produce un efecto curioso: desarma la suspicacia del lector, ya que no apela a su lógica sino a un entendimiento basado en sorpresa y empatía. No hay exposiciones de frío juicio y el narrador relata con emotiva paciencia. (Nunca delata.)

*Hojeando The Crossing, de Cormac McCarthy, me topo con una larga frase que pone de relieve mi completa superficialidad. ‘He said that things were rightly named its attributes which could in no way be counted back into its substance’, murmura un viejo personaje. Y parece que tuviera sus ojos burlones fijos en mí.

lunes, marzo 23, 2009

Un día en Ciudad Juárez

I, with my mad presumption
of throwing a little light on something.
Samuel Beckett



I.
Siempre me conmovió el contraste entre El Paso y Ciudad Juárez. Separadas apenas por un río y una extensa vía de ferrocarril, ambas poblaciones habitan mundos distintos. La primera está considerada una de las urbes más seguras de los Estados Unidos; la segunda, una de las más peligrosas del planeta.
Desde mi departamento en El Paso puedo ver ese lado de México. Lo veo a simple vista, pero sobre todo con el tamiz de varios recuerdos. Es verdad que tengo imágenes de calles polvorientas, de bares abiertos todo el día, de vendedores ambulantes, de bulla incesante, de un tráfico endemoniado de gente y carros viejos; sin embargo, sé que únicamente mi memoria ha registrado el aspecto menos agradable de una ciudad que tiene, asimismo, bellezas difíciles de explicar. Como sabemos, la memoria inventa tanto como actualiza nuestros recuerdos, y en mi caso, asimismo, los recuerdos sobre Ciudad Juárez tienen la forma que los periódicos y los noticieros de televisión perfilan.
Tengo referentes íntimos para esa ciudad, por supuesto. Soy sudamericano. Soy peruano. La primera vez que atravesé la frontera hacia México pensé que había ingresado a uno de los distritos más populosos de Lima. Hallé, entonces, una mezcla semejante de atraso y modernidad, de confianza y peligro, de pobreza y derroche funesto de dinero. Un territorio con ley propia. Una ley, desde luego, hecha a la medida de los negocios turbios y el abuso de unos cuantos hombres: el código de los verduguillos y la metralla. De esto último me di cuenta en la última visita que hice, hará unos meses; el 18 de mayo, para ser precisos. Ese día, los embalsamadores de Ciudad Juárez no se daban abasto y, pese al trabajo intenso, estaban de buen humor. Claro está que las funerarias son un negocio seguro en cualquier lugar del mundo, pero hay sitios donde gozan de prosperidad. Pensemos, por ejemplo, en el Líbano, Afganistán, la República del Congo o Irak. Y en México, donde los juarecinos dan una muy alta cuota de muertos a sus funerarias.
No digo nada nuevo, sin duda. Pero un asunto es la información ascéptica y otra, bastante diferente, la vivencia próxima de aquella manera de vivir a diario sobre una cuerda floja. Sin ir más lejos, esa semana del 18 de mayo, un martes, los narcotraficantes regaron las calles de cadáveres. En una entrevista para El Diario de Juárez, un embalsamador decía, sonriendo: «Vienen totalmente desechos los cuerpos. Y es que ahora se están yendo fuerte. La otra vez me tocó un joven con ciento veintitantos agujeros chicos y grandes, y también una mujer, agente del ministerio público, asesinada en su casa, que llegó totalmente destrozada: tenía más de cien balazos en el cuerpo».
Al parecer, hace unos años los crímenes eran el resultado de un ajuste de cuentas vinculados al comercio de las drogas; ahora, los motivos no son tan evidentes, aunque tarde o temprano están relacionados con el afán de poder y dinero. Los hechos también sugieren que el homicidio en Ciudad Juárez significa, por lo común, el ejercicio de un tribalismo permanente y sanguinario. Lo digo así, ya que entre varios antropólogos existe una teoría que explica las guerras entre clanes como el efecto de la interacción entre una escasez de recursos y un exceso de población: las matanzas reducen el volumen de gente y, por lo tanto, aminorarían ese problema. Probable o no, la teoría es incómoda. Explicaría asimismo, en el marco de un universo irracional pero con un engranaje brutalmente lógico, el asesinato de niñas recién nacidas y el de mujeres en edad de concebir.
De igual modo, la teoría de las sectas podría caber en los estudios sobre Ciudad Juárez. Me viene a la memoria lo que sobre ellas escribió Roger Callois hace 44 años. En su libro Instintos y sociedad decía: «En la sociedad es estimada la tolerancia; en la secta se la considera como una debilidad culpable». Y más adelante: «En la secta… todos se enorgullecen de ser implacables y todo viene a reforzar el odio y los conflictos; se sospecha inmediatamente de la tibieza; la vehemencia tranquiliza en vez de asustar… En ella la regla es soberana y sólo cabe observarla exactamente o no observarla. No se permite error ni desánimo. Todo defecto es punible». Esta normatividad rupestre nos indica que lo que importa es el grupo, y aun más que el grupo, el negocio que éste lleva a cabo. En la secta, pese a sus ostentaciones de cofradía, el individuo es lo de menos. Resulta natural, entonces, que los sectarios vean a los demás como objetos, como piezas corrientes de un engranaje mercantil. De allí que siempre se le pueda decir a la víctima, antes de liquidarla: «No es nada personal».
Aquel martes que deambulé por Ciudad Juárez vi algunas funerarias. Una de ellas, Perches, ofrecía ataúdes de metal o laminados en pan de oro. Recuerdo que el gerente del local sólo tenía una queja con respecto a la situación: la morgue oficial, el semefo, no podía con tanta necropsia y le remitían los cadáveres tarde y con gotero. Pero era comprensivo con la situación y se armaba de paciencia. A fin de cuentas, en todo el 2007 se habían reportado 316 homicidios ligados al narcotráfico; en cambio, a mediados de 2008 aquella cifra se había triplicado (hoy, cerca a diciembre, rebasa los 1.500). Lo mismo repitió en la entrevista que tuvo con un reportero de El Diario, pero se explayó en detalles: «Hace una semana vino un señor a agradecernos porque, aunque el cuerpo de su familiar venía totalmente destrozado, gracias a Dios le pudimos reconstruir el rostro y se lo tuvimos dos horas antes de lo que habíamos dicho».
El gobierno mexicano había enviado tropas para controlar los estallidos de violencia, cada vez menos esporádicos. Fue en vano. Después de muchas semanas de escaramuzas, redadas y tiroteos, los soldados se percataron de que los delincuentes tenían más armas y estaban mejor organizados, de manera que, acaso con gran alivio, muchos se integraron al sistema de sobornos y el resto se dedicó a mejorar su saludo a la bandera. «Ahora», me decía una amiga de Chihuahua, Rosario, «si estás en tu coche y otro te adelanta a lo bestia, o se planta adelante, mejor ni tocarle el cláxon porque no vaya a ser que el conductor se baje con una metralleta para quitarse el estrés y te deje peor que un queso suizo.» Estas fueron sus palabras hará un mes en el estado de Illinois, sintiéndose a salvo en una discreta cafetería, con su brazo inmovilizado y tímidamente escondido bajo la chaqueta. A su novio, Tomás, recién graduado en criminología, lo acribillaron cuando iba con ella de la mano, saliendo del cine. Rosario sobrevivió gracias a que él la cubrió con su cuerpo, aunque de todos modos se le incrustaron tres balas que atravesaron al chico. Tenía los ojos cerrados cuando oyó que un fulano se acercaba a ellos carajeando; al instante sintió las salpicaduras de un líquido caliente, un tufo a herrumbre y pudo oler la pólvora y el olor a pellejo chamuscado por un tiro de gracia que aquél largó sobre la nuca de Tomás.
Pero no todas son desgracias en Ciudad Juárez. O, cuando menos, no todas las desgracias son intolerables. Los seres humanos nos acostumbramos al escenario que nos tocó en suerte; incluso al terror, si es que se hace crónico. Los juarences de clase acomodada, los profesionales, los que administran pequeños negocios se ven obligados a pagar cierta protección, a confiar en su buena estrella y a enviar a sus hijos a este lado de la frontera para librarlos de la violencia. Sus paisanos pobres trabajan siete días a la semana y ganan la mitad de lo que merecen, o hasta la tercera o cuarta parte de lo que recibirían por hacer lo mismo en nuestra orilla del Río Bravo. Cada cual se las arregla como puede, por supuesto. Los maestros jóvenes, por ejemplo, pueden llegar a ganar hasta 7 dólares por hora de trabajo; los obreros, a veces poco menos de la mitad que eso. De acuerdo con cifras estimadas, funcionan 320 maquiladoras, pero un 25 por ciento de toda la planta industrial reduce su producción y sus jornadas laborales con el fin de pagar apenas un 50 o un 60 por ciento de las remuneraciones.
Y pese a todo ello, todavía se cantan serenatas, se organizan matrimonios, se oyen bromas por las calles y las familias salen a flote echando por la borda su desesperación.
Hay que tener un duro callo en el alma para aguantar tanto. De otra forma nadie sería capaz de sobrellevar el levantamiento de una hermana destazada, el encuentro con un primo o una prima cuyo rostro fue aupado como tortilla, o el choque con una cuneta de arenisca llena de parientes hechos fiambre y picoteados por los zopilotes. Semanas atrás, por ejemplo, las personas que iban a cruzar el puente Al Revés se dieron con la sorpresa de un muerto decapitado e izado sobre uno de los pilares. En otro punto transitado de la ciudad, otro cadáver, éste de un policía, fue también enarbolado, aunque en lugar de su propia cabeza tenía cosida la de un cerdo. Como se ve, tal parece que la gente de Ciudad Juárez habita en un infierno que, como todos los infiernos, se nos antoja vitalicio. Y esa gente parece resignada a la condena.


II.
Hace poco, el 20 de diciembre de 2008, la BBC comentó la repetición de la prueba Milgram que llevó a cabo un equipo de investigadores de la Universidad de Santa Clara, en California. Para los que no estén al tanto, la prueba Milgram fue hecha en 1963, y se hizo tristemente célebre porque sus resultados mostraban que las personas, incluso si se nos conmina a infligir dolor o poner en riesgo de muerte a nuestros semejantes, estamos dispuestas a obedecer a quien ejerce un rol de autoridad. Y el estudio de la Universidad de Santa Clara ratificó las conclusiones de hace 45 años.
Imposible no establecer un paralelo entre estos penosos resultados y lo que sucede día tras día en Ciudad Juárez. Las condiciones allá son predatorias y la autoridad la ejercen los narcotraficantes y delincuentes, no las instituciones gubernativas. Una gran parte del resto de la pirámide social llega al escarnio y sólo atina, incluso con beneplácito, a obedecer; unos cuantos miles, en cambio, optan por camuflarse con el paisaje o se encaminan hacia el exilio. De lo que se trata, en apariencia, es no sólo de una condena tangible sino también metafísica. El miedo, un miedo a todas luces comprensible, impide la resistencia contra esta persistente barbarie, pero asimismo la mitificación del criminal y del narcotráfico como una fatalidad diabólica.
Ahora bien, toda prohibición en el consumo de algo que tiene demanda origina, por supuesto, la aparición de mafias. Sin ir más lejos, en los años veinte, aquí en los Estados Unidos, se padeció casi una década y media de estupros y homicidios de los cuales, entonces, nadie parecía estar a salvo. ¿Qué la originó? El contrabando de whisky causado por un pliego de peticiones, respaldado por seis millones de firmas, exigiendo el veto a la fabricación y venta de bebidas alcohólicas. Pliego que fue recibido por el Congreso norteamericano en 1914, y que luego, en 1919, tras una enmienda constitucional, adquirió la calidad de ley. El remedio, naturalmente, resultó peor que la enfermedad. Y la pacatería del momento (una pacatería afín a la de hoy) tanto como los formidables dividendos del negocio ilícito que llenaban las manos de numerosos políticos, fueron suficientes acicates para oponerse, en principio, a eliminar aquella ley que trajo profusas desgracias y que, por lo demás, había violentado la constitución.
No bastó que un puñado de hombres se rebelase contra todo ello y adoptara la decisión histórica de enmendar aquel nefasto error de la prohibición para que la mafia relacionada con el alcohol se diluyese. Tamaña decisión, por su trascendencia, obviamente tuvo un costo muy alto de sacrificio individual y, sobre todo, requirió del apoyo comunitario. No fueron armas de fuego las que consiguieron erosionar los cimientos del tráfico; como nadie ignora, fue la legalización del negocio. De pronto, los delincuentes vieron que las reglas del comercio se habían transformado: nadie tenía que esconderse para comprar ni para vender. Obligados a negociar abiertamente dentro de los canales de circuito comercial, los traficantes entraron en vereda. En un inicio las entradas en metálico irían a ser mucho menores, pero a la larga se ahorraba en sobornos, en fletes arriesgados, en la seguridad de la familia. Incontables mafiosos descubrieron con sorpresa que los negocios lícitos también podían dar mucho dinero y, por si fuera poco, una pátina de respetabilidad.
Se sabe que en ciertos países de Europa no sólo se ha legalizado las transacciones de droga sino que el Estado entiende que debe brindar asistencia sanitaria a los adictos. El criterio es que varios tipos de adicción resultan incurables, lo que significa que hay consumidores que son, técnicamente hablando, enfermos crónicos y como tales requieren las prestaciones del seguro médico. Estemos de acuerdo o no con este criterio, es innegable que antepone una idea humanista de la persona a la vez que rechaza la noción del adicto a las drogas como un apestado. Lo cual hace que la Declaración de los Derechos Humanos no sea, como en tantas otras ocasiones, letra muerta.
No se trata únicamente de altruismo. De ninguna manera se trata de ingenuidad. Hay sobradas motivaciones económicas en juego: el narcotráfico es un cáncer que estúpidamente acaba matando el cuerpo que le permite vivir.


III.
Los antiguos griegos habían notado que, para el hombre, el carácter puede ser su destino. «Ethos antrophos daimon», decían refiriéndose a ese aspecto tirante, personalmente conflictivo, de la condición humana. Nuestro destino como ethos: hábitos, costumbres, tradiciones, rutinas de las que puede sacudirnos el carácter. De todo esto se compone la ética. Y cuando la ética de una comunidad es suicida, unos cuantos individuos tienen que hacer acopio de todo su temple para echar por la borda ese lastre mortífero.
Como todo ejercicio del carácter, la voluntad es el motor y no se activa sin opciones. Se puede optar por ser fiel a una idea sin amarla, o amarla y serle infiel; incluso delante de nuestra inevitable muerte se elige la cobardía o el coraje. Sin embargo, no hay acciones químicamente puras: lo natural es decidir y actuar animados por distintos gradientes de concentración de uno mismo. En condiciones ideales, las circunstancias nos retan alegremente, nos impulsan a ser creativos; en las catástrofes, nuestra adrenalina se dispara y no queremos pensar sino huir. Si estamos prisioneros, huimos hacia nuestro interior: los ensueños y las fantasías hacen de bálsamos; si nuestra situación es la de campo abierto, corremos alejándonos del peligro. En ambos casos, aquello que coarta nuestra libertad siempre nos pervierte. La desgracia, en realidad, no nos hace mejores. «Los desgraciados son egoístas, maliciosos, injustos, crueles y menos capaces aun que los tontos de comprenderse uno al otro», escribió Chéjov en Enemigos, y en seguida: «La desgracia, en vez de unir, separa a la gente, y allí donde parecería que los hombres debieran estar ligados por el dolor común, se cometen más injusticias y crueldades que en un medio relativamente satisfecho».
La carencia de oportunidades, de alternativas reales, sumada a la escasa o nula educación formal y a la pobreza, abastece el caldo de cultivo de esta ética necrofílica, que es, tal parece, la que se ha diseminado en Ciudad Juárez. Extrañamente, hay pobladores que aún la salvan del total desmoronamiento. Son de todas las condiciones económicas y tienen apego a su terruño. Trabajan con honestidad y, sin olvidar que pueden ser las siguientes presas de la violencia, no huyen de la adversidad sino que la enfrentan con ahínco. No sé si todavía tienen, íntimamente, esperanzas.
En Washington DC el senado de los Estados Unidos no quiere repetir la historia de la legalización, acaso porque los miles de muertos no son suyos. Allá que los mexicanos se maten. Quizá la humanidad, para casi cualquier político vinculado con grandes lobbies, sólo implica una parcela muy reducida y bastante adinerada que, por supuesto, no contempla a los vecinos del sur del Río Bravo, ya que éstos, de acuerdo con el estereotipo en boga, resultan demasiado tostados, palurdos y sentimentalones. Se trata de una venenosa caricatura que, semejante a cualquier mala hierba, ha cuajado profundamente en el imaginario colectivo de norteamérica. Inclusive entre los mismos mexicanos, porque, hablando por boca de Javier Marías, «no hay nada como estar convencido de algo para persuadir a los demás de ello».
La estrategia que desde las capitales (en DF y en DC) manejan ambos gobiernos tiene como fundamentos la detención selectiva y las extradiciones. Esto lo subraya con entusiasmo el fiscal Michael Mukasey del Departamento de Justicia de los Estados Unidos: «Las extradiciones de hoy demuestran que los carteles no pueden operar en la impunidad y que México y Estados Unidos trabajarán juntos sin cesar para derrotarlos» (BBC, 01 de enero de 2009). Lo cual se oye bien, pero aumenta la amargura que deja la confrontación entre esas intenciones y su repercusión pública. Por ejemplo, según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, en el año 2007 México entregó a 83 personas, entre los que estarían los mayores agentes de droga o de carteles superiores, incluyendo el cartel del Golfo y el de los Arellano Félix, cuyo jefe de seguridad fue Armando Martínez Duarte, un ex funcionario de la fiscalía mexicana. La secuela: un incremento de la virulencia criminal, no sólo en Ciudad Juárez sino en todo Chihuahua y Baja California, por la repartición de los vacíos de poder. 
Lo anterior no desautoriza, sin duda, la estrategia de ambos países, pero deja en la superficie su precariedad y también la falta de una voluntad libre de tabúes. Sin ir más lejos, el 06 de enero de este 2009 el alcalde de El Paso, John Cook, vetó una resolución del Concejo de la Ciudad —aprobada por unanimidad— que pedía al Senado del país un serio debate con respecto a la legalización del negocio de narcóticos. ¿Cuál fue la impenetrable justificación del señor Cook? Dijo que pedir ese debate no era realista. En sus propias palabras: «It is not realistic to believe that the United States Congress will seriously consider any broad based debate on the legalization of narcotics. This position is not consistent with community standards both locally and nationally» (http://newspapertree.com/news/3284). Cabe preguntarse cuáles son los estándares locales y nacionales a los que se refirió el alcalde, ya que no dio ninguna explicación al respecto. Parece creer que toda la gente respetable piensa y se comporta necesariamente como él. Sobre todo si tenemos en cuenta lo que, según el concejal Beto O’Rourke, habría dicho el señor Cook poco después refiriéndose a la resolución del Concejo: «I can’t take this into (Sen.) Kay Bailey Hutchison’s office and not expect them to laugh me out of the room» (ídem). Sin comentarios.


IV.
Paseando por las calles de Ciudad Juárez recuerdo algo que, en primera instancia, no tiene nada que ver con lo que observo. En alguna parte leí que los niños de Santo Stefano Belbo, en Italia, aprenden desde muy pequeños que allí nació un gran escritor, Césare Pavese, que nunca fue feliz. Gracias a su fama, también aprenden desde temprano la palabra suicidio y quizá unos cuantos de ellos crecen con la sensación de que es obligatorio ser desgraciado.
Miro alrededor y pienso que la convicción en el Destino ha impuesto una serie de mitologías; entre ellas, la de que uno es lo que es, no lo que quiere ser. Esta convicción es notoria y apropiada en aquellas sociedades sometidas al imperio de un poder único, sin debate, hermético y vertical, que dictamina sobre la vida y la muerte de sus integrantes. En este sentido, las sociedades esclavistas son ejemplares; también, las seudopaternalistas, que buscan protegernos del trance de nuestras libres decisiones; también, y sobre todo, las corruptas, que no respetan a los seres humanos por sí mismos sino por lo que pueden comprar y vender. En estas sociedades la gente común se halla atrapada y sometida bajo los designios arbitrarios de quienes detentan el poder, cuyos dispositivos tienden a la perversión de los medios que emplea. Lord Acton lo dijo con claridad: «Power tends to corrupt; absolute power corrupts absolutely». Así, no es nada raro que los juarences crean en el Destino.
Entro en una farmacia o botica: necesito un antibiótico. Tengo bronquitis y por los síntomas entiendo que se trata de una infección bacteriana. La gente que me atiende es amable. Están acostumbrados al trato con los paseños que no se les antoja, o por lo general no pueden, pagar por la costosa receta de un médico en Estados Unidos. Salgo del local y deambulo hasta llegar a la Catedral; después, recorro unos cien metros hasta una pequeña librería, en la cual los únicos ejemplares baratos son falsificados. Las farmacias pueden ofrecer medicamentos de bajo precio ya que son genéricos; en cuanto a los libros, aún no hay nada semejante a esa forma de producción. Hay cura sin cultura, pienso tontamente. Conviene tener sanos a los maquiladores. Que rindan, no que se eduquen y adquieran consciencia de su plena humanidad. La mejor educación produce gente rebelde y de ninguna manera es conveniente en las sociedades esclavistas, o seudopaternalistas, o corruptas.

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1 En el capítulo 9 de su libro Cultural Anthropology, Marvin Harris nos advierte: «La evidencia de esta interpretación ecológica de la guerra consiste en estudios comparativos entre culturas que correlacionan ratios desequilibradas de sexo con la guerra activa. Sin embargo, la teoría es controvertida».

The fable goes like this…

I imagine a cold monastery, in some hill close to a village of craftsmen, traders and fried food vendors. I’m still far from the Renaissance, and its carefree love for life and classic art. Instead, I am in the time of the great crusades, the plagues, alchemists, love in royal courts, and the horror of the Inquisition.
Now I imagine I go into the monastery. After the gate I can see a patio and at the very end I see stables and a small dwelling. There is an orchard that starts there. It’s not very big but I can see several fruit trees and other plants. Suddenly, a monk appears and walks towards the orchard; he carefully picks some herbs and then goes into the dwelling.
What is he doing there? Well, he macerates, boils, dilutes or makes more concentrated solutions using the herbs and then he turns them into potions or pastes for cure. That monk performs as a physician and an herbalist and there is no distinction to him between these two activities.
On a huge notebook he meticulously takes notes of every detail about the mixings and solutions that he has obtained. He follows the guidance of some Greek, Latin and Arabic texts but he also experiments by himself. He tests the medicaments on mice, chickens and hogs and takes notes on the effects. If the medicament doesn’t kill them, then he administers it to his monk brothers and prays.
Centuries have passed since then and, in spite of that, the essence of the procedure is the same. Trial, error and then trial and error again. There is no other principle for art and science than this one: an endless bet on the effort to reduce the errors and it has its origin in the nature of our species.
The monk lets a hot soup to settle. It’s a potion that he will later on pour into a jug that hangs from his waist. He leaves and goes towards a building that I guess is where everybody sleeps at night.
Since morning, one of his brothers is suffering from cramps and is moaning without pause. The herbalist monk hopes to soon alleviate his brother’s pain with this potion, in the same way he has done with the villagers that come asking for his help and who admire and fear him because he has the power of life in his hands.
History —Gibbon wrote once— has countless protagonist without a name; as we will, that monk will be lost in the oblivion of an isolated drama. The monk knows that, but, nevertheless, if he could he would choose to do the same thing again.

jueves, marzo 19, 2009

Nota sobre La Insoportable Levedad del Ser (de Kundera)

¿Por qué iniciar una novela con una reflexión sobre el mito del Eterno Retorno? ¿Por qué hacerlo a través de la versión de Friedrich Nietszche?
Tres siglos antes de Cristo, Eudemo ya había escrito: «Si hemos de creer a los pitagóricos, las mismas cosas volverán puntualmente y estaréis conmigo otra vez y yo repetiré esta doctrina y mi mano jugará con este bastón, y así de lo demás».
¿Por qué no mencionar a Eudemo y hablar, entonces, de Nietszche?
¿Será lícito especular con la posibilidad de que el narrador haya juzgado que era estéticamente apropiado para los fines de su historia? ¿Acaso él imaginó que el mito del Eterno Retorno contado por Zaratustra con voz profética —una voz que promete y amenaza al mismo tiempo— pertenecía, sobre todo, a la metafísica, y que la metafísica bien podría entenderse, a la manera de Borges, como una rama de la literatura fantástica? Quizá entonces aquel narrador se dijo: ¿quién mejor que nuestro poeta-filósofo Nietszche, con su fama de genio y prematuro demente, para figurar como autoridad en la materia?
(Si puedo hablar de este modo sobre el narrador, éste puede ser la primordial creación de la novela.)
Pero, ¿fue así?
¿Qué creo saber al respecto? (¿Mi saber no es, por decirlo de alguna manera, un recurso mítico para establecer una conexión firme y emotiva con la realidad? ¿Es ésto lo que quiere cuestionar el narrador desde el inicio de la novela: que todo saber anquilosa, ya que impide el cuestionamiento, la reflexión que atenta contra la seguridad del saber?)
¿Tal vez que el saber —las estructuras del saber— pertenece al mundo de los mitos? (¿No lo dijeron el lógico Quine y el filósofo Paul Feyerabend, y en nuestros días, por lo que sé, no lo defiende con ojo clínico Christopher Peacocke?)
¿No toda ética es un saber de conductas? Entonces, ¿será tal vez la ética una sanguijuela de los mitos?
¿Y qué es un mito?
Recuerdo, en principio, lo que se figuró Mircea Eliade. Para él existían dos maneras de entender al mito: primero, como fábula, invención o ficción, que corresponde a una visión desencantada y racional del mundo; luego, como revelación primordial, modelo ejemplar y tradición sagrada, que se nutre de una vivencia, no de un análisis. Enseguida pienso en lo que sostuvo Georges Dumézil: tras cotejar los más viejos mitos de los pueblos indoeuropeos —estudiando sus textos primigenios—, concluyó que estos mitos obedecían a unas estructuras narrativas muy similares que, en general, traducían una visión de la sociedad humana dividida en tres funciones: sagrada-jurídica, guerrera y de producción económica. Este esquema triangular se vería repetido, según él, en todas las mitologías, y su expresión serviría para justificar, por ejemplo, la sociedad de castas de la India, los relatos de fundación de la antigua Roma, la caída del Tawantinsuyo o, incluso, las instituciones del Antiguo Régimen francés. Por otra parte, la presunción de un Eterno Retorno sería tan arcaica que quizá se encuentre diluida en nuestro inconsciente, lo cual posiblemente nos explicaría el motivo de aquello que los franceses llaman déjà vu y los griegos denominaron apokatastasis. De aquí también provendría su capacidad para inquietarnos.
Vuelvo a la pregunta, entonces. ¿Por qué mencionar a Nietszche y no a Eudemo?
Posible respuesta: Porque en Eudemo el Eterno Retorno es una simple nota a pie de página, una mención ocasional menos para convencer que para refutar irónicamente aquella idea y poner en evidencia que se trata de un mito, en el sentido de fábula, invención, ficción. En cambio, para Nietzsche es un artilugio ético, un mito en la segunda acepción de la palabra de acuerdo a Eliade.
Escribió Nietszche: «No anhelar distantes venturas y favores y bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad». Y en otra parte: «Basta que la doctrina de la repetición circular sea probable o posible. La imagen de una mera posibilidad nos puede estremecer y rehacer. ¡Cuánto no ha influido la posibilidad de las penas eternas!».
Posible respuesta: 'Te conmino a que hagas de tu vida algo que quisieras volver a experimentar sin ningún cambio': tal fue la rabiosa exigencia de Nietzsche. Al parecer, la inteligente voz narrativa de La insoportable levedad del ser lo refrenda.
«Las personas virtuosas quieren hacernos creer a nosotros (y a veces también a sí mismas) que fueron ellas las que inventaron la felicidad. La verdad es que la virtud fue inventada por las personas felices», anotó Nietszche en uno de sus cuadernos de aforismos. También creo que el narrador consiguió sacar provecho de la intensidad y belleza de este último postulado.

lunes, marzo 16, 2009

Blanca Varela...

Leer cada cierto tiempo sus poemas será como visitar calladamente su tumba: sentir que ella aún puede hacernos compañía...

viernes, octubre 31, 2008

El sueño de un funeral

Allá va el señor Peluquín navegando en su pecera
Allá va la señorita Madera en traje de arlequín
Bajo una nube que anda con un maquillaje de cera
Llora que llora ella lagrimitas de serrín

Sobre un charco de la tierra una canica hace tintín
Al redoble las hormigas alzan faldas a su vera
La señorita Madera lleva una pena en el globín
El señor Peluquín tiene otra en la nevera

Un cienpiés de porcelana bien arriba los espera
Un rosal de mameluco blanco ha echado ojo al del bombín
Entre retamas de biscuí se hunde la niña Madera
A la fosa dando trancos cae don Peluquín

(Qué cortejo peregrino de penachos finos
¡Ya en la sombra mil estucos cuentan desatinos!)

martes, septiembre 09, 2008

Beggar’d of blood

Sobre esta tierra
Atravesada
Por un aire de vidrios rotos
Llueve

Llueve
Donde un escarabajo
Se oculta
Entre dos brazos
De piedra

De pies a cabeza
La lluvia humedece
Toda sombra
Reseca

Llueve

Uno se va
El tiempo queda

viernes, junio 22, 2007

Después y antes del silencio

La última novela de Arturo Pérez-Reverte me ha callado durante mucho tiempo. Es una denuncia con la cual es difícil vivir. Alguna vez Graham Greene habló de la importancia que tenían, para él y su literatura, las pesadillas; algo semejante podría haber suscrito Pérez-Reverte, con el triste agravante de que las pesadillas también lo acosan en la vigilia: son las cicatrices que le dejaron veinte años de sangrientos reportajes de guerra y que aún calcinan su memoria. El pintor de batallas no es más que eso, ni menos: un ajuste moral de cuentas con el pasado. Y no hay esperanza en el largo relato de Pérez-Reverte. Ni piedad. George Steiner escribió que la esperanza es la hermana siamesa del miedo e hija de una gramática, hasta donde se sabe, exclusivamente humana: la que incorpora los recuerdos de un futuro posible. Es decir, aquella que imagina lo que podríamos vivir si hiciéramos algo, o no lo hiciéramos. La que se proyecta imaginativamente más allá del presente continuo. La que prevé eso que tal vez jamás ha de suceder. Pero si la mirada y la imaginación han echado anclas en el pasado, y el pasado es comprendido como un destino recurrente de encarnizamientos, traiciones y cobardías, entonces no hay lugar para una gramática de la esperanza. Sólo queda el miedo y el rencor animales. El estupor de una memoria fija en el presente. La enfermiza fascinación del mal y la culpa. “…existe abundancia de esperanza, pero no para ninguno de nosotros”, anotó Franz Kafka; éste podría ser el epígrafe perfecto para El pintor de batallas y, hasta la fecha, también para las crónicas de nuestro siglo xxi.