Against brother-sister incest there is a very curious argument: that if the love of husband and wife were combined with that the brother and sister, mutual attraction would be so strong as to cause unduly frequent intercourse. (Bertrand Russell, A history of Western Philosophy.)
De saber, lo sabía el obispo de Lima y hasta el mismísimo Papa de Roma: el penetrante y verdadero olor de la santidad era el de la cochambre. Limpiarse el cutis y el resto del pellejo había sido y seguía siendo una lisura de pecaminosos y marrulleros; una vanitas vanitatum, como cascaba el Viejo Testamento. Y al respecto, sin chistar, la pobre Rosario, Rosarito para sus familiares íntimos y otros de igual apego, había salido bíblica en todo y sobre todo en aquello de no bañarse.
A la sazón, pues, era una niña que aspiraba al Paraíso y no estaba dispuesta a claudicar por el aderezo picante de unas cuantas liendres y pulgas, estas últimas también criaturas y muy prójimas de Dios. Además, y ya sacando sus trapitos al aire, resultaba clarísimo que entonces se le aflojaba el buche con las vergüenzas de ser vista desnuda. ‘Pero, mijita’, le espetaba la india Mariana, su sierva, ‘¿quién me la va a ver en su baño si es a puerta cerrada?’ Y la Rosarito que le respondía, avispándose y echando vuelo, ‘¡El Señor! Para Él no hay puertas que valgan’, mientras que la indiana quería echarle el guante dando voces de que eso era no solo una tontería sino hasta una blasfemia, porque la Rosarito estaba diciendo que el buen Diosito era un fisgón de las muchachas en cueros. Y había que ver el bochinche que se armaba. Pero, nada de nada. No había argumento, por muy sesudo que fuera, que lograra persuadir a la niña de los hartos beneficios de la limpieza. ‘Quiero ser santa’, decía llorando.
Y así se le fue la infancia a Rosarito. Había sido bautizada como Isabel Flores de Alvar, y aunque por lo de Alvar nunca se previó ninguna cosa de su futuro, el otro apellido sí fue de plácemes desde que la vieja Mariana, miope como ella sola, proclamó que la bebita tenía cara de una cuenta de rosas y el mote echó raíces. De manera que allí la tenían, linda a más no poder, la Rosarito, tan terca como una mula, vergel de capullos y una bendición incómoda para el fraile don Toribio de Mogrovejo, que la confesó en su confirmación y la confirmó en su confesión, también. Porque la ñaña de los Flores comía poco, hablaba poco, jugaba poco y sonreía al primero que se cruzara por su lado, pensando que a las moscas no se las caza con vinagre y que tenía su mérito ser amable hasta con las paredes, ya que los méritos sobre la tierra le aseguraban el cielo, sin duda.
Todo iba de este modo y la Rosarito se estiró hasta hacerse bonita, en realidad tan bonita que hasta quitaba el hipo o lo provocaba, según. Y en esos tiempos en los cuales las frituras, las cagadas, los sudores y las pezuñas perfumaban el ambiente de las casas, las empolvadas calles y sobre todo los mercados, su olor hasta parecía de jazmines y albahaca. De suerte que a nadie extrañó que se convirtiera en la más codiciada casamentera de la engolada Lima, para contento de su padre, al cual los negocios no le rendían como soñaba y dos hijos costaban lo suyo. Porque hubo dos Flores de Alvar: la Rosarito y Hernando. Y éste, muy luego capitán, fue el primer adepto de ella, pues seguía a la florcita con una devoción tal que le sentaba como anillo al dedo ese dicho del obispo de Hipona, illo feror quoqumque feror, y hasta le ayudaba en los zurcidos de calzones y en el cultivo del huerto, tareas a las cuales no se destinaba nunca a un mochuelo. En suma, que el papá ya se veía con más reales tras el alivio de ver a su Rosarito matrimoniada, sin contar para nada con que del puchero a la boca a cualquiera se le derrama la sopa, como se dice, y etcétera.
Dio la casualidad que uno de los mozos más notorios y bien plantados de la capital, José María de Vallejo y Benavides, hijo de un hijo de marqués español, de oídas se había enterado de la belleza de Rosarito y se empeñó en conocerla. Muy seguro de su facha, su linaje, su carísimo traje de alférez, pidió la dispensa de rigor para presentarse a la casa de los Flores y, naturalmente, no hubo gozne que no se engrasara para darle la bienvenida. ‘Que es nieto de marqués’, le decía con una sonrisa de oreja a oreja el marido a la esposa, y agregaba: ‘Aunque sea feo, no importa. Más caga un buey que cien pavos reales’. De forma que se dieron a la tarea de persuadir a la Rosarito de que, por ser una ocasión singular y de vital importancia, tenía que bañarse. ‘Al menos unas pasadas de trapo mojado, mi niña’, le suplicaba su madre. ‘Siquiera una lavada de gato’, le espetaba su padre. Pero, nones. ‘Lo que quiero es tener limpio el espíritu y no la materia’, les respondía la chiquilla, escondiéndose. Hasta que apareció el hermano con la vieja Mariana. ‘Ya tanta terquedad es ofensa a Jesucristo’, le soltó con aspereza la india, y esto, además de ponerla nerviosa, hizo dudar a Rosarito. En seguida, Hernando pidió que lo dejasen a solas con su hermana y así lo consintieron todos. Casi una hora duró la encerrona, una encerrona tan silenciosa como el hoyo de un muerto, y ya la impaciencia saturaba al don y los nervios agarrotaban a la doña cuando salieron los dos, la Rosarito primero y Hernando después, con harta seriedad y palidez pero sin asomos de borrascas ni resentimientos. Más bien, en el aire se dejó sentir mucha calma, se diría. El asunto, en breve, es que la Rosario salió limpia, y hasta limpísima y oliendo a claveles, y éste fue el primer milagro que se contó a hurtadillas, aunque por doquier, con relación a ella. Se había bañado y, semejante a una muñeca de biscuit, su piel resplandecía como si tuviera luz propia.
El hijo del hijo del marqués, el alférez José María, llegó puntual a la cita, a las cinco de la tarde, lo cual, en la Ciudad de los Reyes, era visto como un proceder altanero. De todos modos, la familia estaba lista, enfundada en sus mejores galas y rodeada de un suave olor de incienso que se desperdigaba con afabilidad por la casa. Todavía no estaba Rosarito, pero sí Hernando, al que, desde la escena anterior, aún se le notaba una demacración de enfermo y hablaba lo justo, a duras penas. En fin, aposentados en la sala todos platicaron del clima y de los piratas holandeses de los que siempre se anunciaban saqueos y jamás llegaban. Luego, mientras se dirigían al comedor para servirse chocolate, tartas y panecillos calientes con mantequilla, apareció la Rosario. Y allí se produjo el segundo hecho extraordinario. El alférez José María, que hasta esos instantes había demostrado aplomo y locuacidad envidiables, enmudeció. Enmudeció completamente. Y su rostro parecía estar diciendo trágame tierra porque ya vi la Gloria y nada más se puede pedir en la vida, y don Flores y doña de Alvar decían ésta es nuestra hija, Isabel, ya quisieran tener otros la felicidad de una prole así, fíjese, y sentémonos, por favor, y de pronto el tal José María se fue abajo, cuan largo era, sin poder soportar aquel deleite, desmayado y anhelando no despertar por si todo no había sido más que una dichosa alucinación.
Bien se sabe que, mientras dura, el amor es eterno. Y fue amor lo que fulminó al joven José María y le cortó la lengua para siempre, pues jamás pudo articular ni una sola palabra adicional a las únicas que dejó trastabillar esa tarde: ‘¡Pulvis amore iacet!’, que, por cierto, nadie comprendió porque no era periquete idóneo para andar haciendo memoria de latines. La cosa es que Rosarito se portó a la altura de las circunstancias, buscando un paño con agüitas de azahar y untando frescura, o mejor calenturas, sobre la frente del arrobado alférez, que no salía de su asombro ante tamaña preciosura. Entre tanto, la familia estaba ya de plácemes pues cavilaban que un marido idiota era el adecuado, cuando, de improviso, la niña largó aquella sentencia que iba a sepultar cada una de sus esperanzas hasta el Juicio Final. ‘Yo ya tengo un amor y a él me debo’, dijo. Y agregó: ‘Seré dominica.’
Ni amenazas, ni súplicas, ni lamentos alteraron su decisión, y únicamente Hernando, leal a ella, defendió el propósito de su hermana. ‘Que no tienes aún cabeza para resolver irte a un convento’, le gritaba a la chiquilla su progenitor, a lo que objetaba, sereno pero firme, Hernando: ‘Entonces, padre mío, déle tiempo para tenerla y después que elija ella’. Y así, contantes y sonantes, brincaban de acá para allá los reproches y terciaba calmoso Hernando, olvidados todos del pobre alférez José María. Éste, todavía con sangre en las venas, hizo acopio de su hidalguía y, probándola con creces, tomó la mano derecha de Rosario, se inclinó como nunca antes lo había hecho delante de una imagen sagrada y depositó en el aire, a unos milímetros de los dedos, un silencioso beso. Después, se enderezó como un borracho, giró sobre sus talones y salió esforzándose por no dar tumbos hasta lograr la salida. Y de él no se supo nada hasta muchos años luego, cuando lo encontraron convertido en fiambre, colgado de un farolito oxidado y a unas pocas zancadas del cenobio de Santo Domingo, con una nota en el pecho que repetía eso de polvo iacet y un garabato irónico por firma: ‘De Vallejo y Benavides, humilde hijo de hijo de marqués’.
De esto, Rosarito no alcanzó a enterarse. Se enclaustró en su habitación, o poco menos, durante diez largos años, en los que se guareció de una lluvia de peticiones de noviazgo y en los cuales, por otro lado, admitió exclusivamente la compañía de su hermano y, de cuando en cuando, la de su madre, su padre y Mariana, a la cual, abarrotada de achaques y ciega, pudo enterrar en el huerto y cosechar de encima de la tumba las diversas yerbas para infusiones y lavativas de uso propio. Hernando le leía pasajes del Cantar de Cantares y algunos versos de fray Luis de León, sobre todo aquellos que se iniciaban con vivir quiero conmigo y gozar del bien que debo al cielo, y se terminaban diciendo libre de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. Y la Rosario que se enrosaba, pinchándose con la aguja de bordar y coser, porque acaso el cansancio la entorpecía, pero igual tornaba al trabajo, que con manteles, faldones y camisas ayudaba a la familia y, asimismo, se daba un poquito de comer. Y tanto comía ella como Hernando, que iba camino a convertirse en otro Rocinante de puro flaco, pero, extrañamente, no menos bello que su hermana, pese a unas cicatrices de viruela y las demás que la existencia va dejando como riachuelos secos en los hombres. De esta suerte marchaban los días, hasta que Hernando, puesto en la milicia, recibió la orden de zarpar hacia el norte, a los cuarteles de Trujillo, y entonces la Rosarito juzgó que ya había llegado la hora de los votos y, al amanecer de un lunes de agosto, se dirigió al convento, seguida de muy cerca por su madre y su padre, este último más atribulado que una plañidera. Allí, despojada de sus vestimentas laicas, tonsurada y bendecida, recibió el hábito de las terciarias, y al cabo de ataviarse dio a sus mayores un apretado e inacabable abrazo en común, y les dijo hasta pronto, no lloréis pues regreso al camino de la santidad, y luego de otro abrazo aun más fuerte traspasó los portones labrados del noviciado, que, exhalando un graznido, se acolaron a sus espaldas.
Del resto se sabe lo que se sabe, y, la verdad, se sabe poco. La Rosarito construyó con sus propias manos una chocita donde anidar, en el centro de una diminuta vega de legumbres, y después se hizo un cinturón de plata tachonado con espinas de rosales para que le sirvieran de cilicio alrededor del vientre. Con los meses, su olor de santidad crecía y crecía y las otras muchachas del convento, e incluso las veteranas, sencillamente optaron por dejarla en paz y la saludaban arrugando la nariz, precaviendo su distancia. Todo, por consiguiente, se iba en avenencias, y las originalidades de la nueva terciaria, caritativa hasta con las ratas y las hormigas, fueron creándole fama de purísima. De manera que a la noticia, por una vez finalmente cierta, del letal e irremediable advenimiento de dos urcas y tres galeones capitaneados por el hereje George Spilbergen (dispuesto a sitiar, desde El Callao, la capital del Virreynato), el cotarro de religiosas hizo zafarrancho alrededor de Rosario gimoteándole para que intercediera ante la Providencia por sus virginales anatomías, ya que por la salvación de sus almas ellas bien podían defenderse donde quiera y como fuera, lo juraban sobre la cruz, con honestas cuentas. Y la Rosarito accedió, segura de su misión en este valle de lágrimas. Y sacudiéndose la túnica pringosa y ajustándose su mortificación de espinas fue a la cabeza de las terciarias y demás monjitas hasta el templo de Nuestra Señora de las Aldabas. Y en aquel lugar oyó el rumor creciente de que los corsarios se aprestaban para tocar puerto, y sin pensarlo dos veces se trepó en el altar mayor, se desgarró los hábitos hasta quedar íntegramente pelada y, mientras rezaba un muero porque no muero, cubrió con su cuerpo al Cristo del sagrario para defenderlo de la iracunda amenaza de aquellos piratas holandeses que bufaban a más de dos leguas de allí, en realidad, lejísimos.
Entonces, se dio el tercer milagro. El tal pelirrojo Spilbergen, bastante seguro de la victoria, quiso adelantar un traguito de sabe Dios qué bebida del diablo como aperitivo del pillaje, y por descorchar con los dientes el asunto, de tan fermentado que estaba su néctar, el alcornoque le salió disparado hacia el cogote y lo taponó rebién. O sea, que lo asfixió. Y advirtiéndose de este modo decapitados los piratas, optaron por levar anclas y hacerse otra vez a la mar, tanto por respeto franco a la figura de su jefe muerto de una manera tan imbécil como, evidentemente, por temor a que la mala fortuna les salara el día por completo. En consecuencia, lo de la Rosarito dejó de ser una escandalosa impudicia para metamorfosearse en una fuente de bienaventuranzas, de santimonias, de virtudes y ejemplaridades sin par en la Colonia. Y ése fue el preludio del inicióse de sus desgracias. Porque, con tan buena fama, se le fue al pozo del abandono su privacidad y los portones del cenobio se vieron colmados de gentes que le rogaban más y más milagros, sobre todo los de sanación y adivinanza. Entonces, ya sentían los limeños que volvían los tiempos del décimo virrey Acevedo y Fonseca, cuando estuvieron de moda las maravillas y los prodigios en esos reinos del Perú, pues a las prácticas de la Rosarito se sumaban las curaciones benditas del herbolario Martín de Porres, los doctos consejos del mentado fray Toribio de Mogrovejo y el perenne espíritu redentor de don Juan Macías. Y cada cual tenía sus preferencias por éste, esotro o aquélla, y no había tregua posible a las solicitudes y los requerimientos de favor por cualquier vulgar quíteme estas pajas, mi usía. Por tanto, Rosario, con el arisco permiso del abad, escogió a tres novicias para que, sin abrir la boca, con solo asentimientos y señales de bendición, sirvieran de placebos a esos que creyeran que se hallaban en su efectiva presencia, puesto que de las verdaderas necesidades de los pobladores se haría cargo ella misma, en persona.
Fue como lo previó. Adquirió una reputación que únicamente se la puso en disputa, de igual a igual, sin apetito ni aspiraciones, el modesto negrito Martín, ya que ambos, en la fantasía de los vecinos y demás chisgaravís, eran ubicuos y curatodo. Sin embargo, un mediodía, a la hora media de la misa, la energía de la Rosarito se vino al suelo entre sus Deum de Deo, lumen de lumine, pues en lugar de postrernarse con los ojos cerrados se fue de bruces con los ojos abiertos, mellándose contra el reclinatorio, y no hubo modo de traerla a la consciencia sino hasta pasadas las vísperas. El exceso de cometidos, la pobrísima manutención y las constantes sangrías de su talle casi la habían arrastrado hacia la peana del sepulcro. ‘Contra el vicio de pedir hay la virtud de no dar’, le decía después la superiora, poniéndole trapos calados con enfado y vinagre, tantito mosqueada por el revuelo diario de la celebridad de su terciaria y por esa inconmovible decisión que ésta tenía, parapetándose en los Evangelios, de no quitarse nunca, ni para dormir, la descalabrada túnica dominica. Rosario entonces le contestaba, dándole con la mula al trigo: ‘Si es por nuestro Señor, no hay martirio malo sino gozoso’, y noche tras noche la superiora salía de la choza lívida de agotamiento.
Al mes nadie apostaba ni un peso ensayado por la salud de la Rosarito, y ya su familia estaba en tratos de alquiler con las lloronas, y ya se preparaban los responsos con la previsión debida cuando, llegada un alba de media semana, recios golpes hicieron temblar los postigos de la sacristía del convento. Pasado el minuto se abrió desde dentro una portezuela, y al asomarse la novicia de turno, apenas sacudiéndose de las pestañas su duermevela, se quedó estupefacta. Jamás había visto tan de cerca a un caballo pertrechado para cualquier guerra y, sobre él, a uno de los más buenmozos jinetes de capa y espada que cupo en su imaginación. ‘Quiero ver a mi hermana’, vociferó él sin mediar saludos. La pobre chica tartamudeó. ‘¿Y a quién anuncio?’, dijo. ‘A Hernando Flores de Alvar, el hermano de Rosario de Lima’, afirmó el joven, bajándose del alazán. Para no dar nimios y copiosos detalles de la escandalera que se armó, basta con informar, yendo al meollo de la historia, que Hernando había retornado con el grado de teniente de lanceros y que cargaba en el cinto, no solo la espada y la toledana usuales, sino también un extraño paquete de fieltro atado con un ribete azul. Y no hubo poder ni mojigangas que lo detuviera. Esa mañana se cargó a la Rosario.
Fue, en lo que tuvo de memoria, el segundo baño feliz de su existencia. Se dejó quitar, poco a poquito y con una docilidad de mujer raquítica, el sayito apañado y mordido por el tiempo y otras tantas sabandijas, y se dejó mecer así, como la niña en cuna que jamás quiso dejar de ser, hasta sumergirse en las cálidas aguas de una tisana de romero y manzanilla, y se dejó frotar, pues, con unas deferencias y unas ternuras que creyó miserablemente perdidas en un añoso pecado que su cilicio de espinas no fue capaz de enterrar en el olvido. La estancia donde estaban tenía un fanal embozado con tul, y, aun en penumbras, Hernando notó entre los pliegues mugrosos del hábito otro paquete semejante al que tenía él, pero amarrado con un ribete rojo. Eran sus cartas.
La Rosarito, pese a la firme oposición de uno que otro galeno, se tardó muchísimo en morir. Recién lo hizo tres años después, en la discreta casona de unos amigos de la familia, los Del Mazo, orillando los laudes del día del fiestón de San Bartolomé. Cuando se regó la noticia fue como pólvora encendida, todo chispas, y de los más apartados rincones vinieron al tiro, en peregrinaje, las gentes. La luz del crepúsculo anegó Lima durante noventa y seis horas gracias a las antorchas que obligaban a las sombras a recular y a un indesmayable sol de invierno. Por los muros de la vivienda trepaban los lamentos, y éstos solo se callaron tras abrirse de par en par las rejas, dando inicio a una procesión sinuosa, lentísima y bamboleante en ruta hacia la sacristía. Como única escolta de parentela iban don Gaspar Flores, doña María de Alvar y Hernando, de rigoroso luto; a su vera andaban frailes y monjas dominicos. A la mitad del camino, la multitud, picada por el hambre de ver pasar sin provecho una reliquia al menos pequeñita de la Rosarito milagrosa, se desbordó y empezó a deshilachar la limpia túnica de terciaria que le habían puesto. En cuatro ocasiones desenvainó la espada Hernando y también en cuatro ocasiones tuvieron que volver a cubrir con un nuevo atavío a su hermana. La Rosarito llegó a la sacristía a trompicones y sin el dedo pequeño de un pie, sajado en una de esas camorras. Ya era santa. Y Hernando, sorbiéndose los mocos, habiendo rezado su mortuorum et vitam venturi sæculi, se despidió de ella con un efímero beso en los labios, musitando apenas: ‘Isabel’.









